Amar y Prometer

Juan de Dios Larrú

Image: Huwelijk van MariaLo sposalizio (1650 – 1703), Wikimedia Commons, PD-old-100-expired

1. Un tema de gran actualidad

¿Cuál es la relación entre amor y promesa? Esta pregunta se ha tornado más difícil de responder en la actualidad.  La experiencia humana ha sufrido en el proceso moderno una escisión. Esta fractura consiste básicamente en una disociación entre amor y verdad. El pathos y el logos se conciben de modo antagónico. Esta fragmentación de la experiencia conduce a la configuración de un sujeto emotivo-utilitario. El hombre contemporáneo se caracteriza por ser interiormente emotivo y exteriormente utilitario.

El acontecimiento del amor se vive prioritariamente desde el registro emotivo. La intensidad del sentirse se convierte en la única verdad del amor. Esta interpretación conecta con la tradición romántica del siglo XVIII. Pero no vivimos una época romántica, sino más bien nihilista. La revolución del 68 ha proclamado con fuerza la utopía del amor libre. La liberación del eros ha consistido en disociarlo del matrimonio, de la sexualidad y de la maternidad. La aparente exaltación del eros ha desembocado en su agonía. El amor no tiene forma, es líquido y fluido. La mística de fusión, la espontaneidad y la autenticidad son sus notas dominantes. Una película del año 2017 refleja bien esta configuración. Su título era La forma del agua.

Zygmunt Bauman ha elegio el adjetivo líquido para caracterizar a la modernidad. El amor líquido se asocia a la incertidumbre. Predomina lo provisional, lo efímero, lo fluido, lo móvil. Según este sociólogo polaco, el hombre contemporáneo “surfea por la red”. Los verbos de movimiento como volar, flotar, patinar, navegar, surfear son bien valorados. El filósofo francés Gilles Lipovetsky en su obra De la ligereza ha mostrado la simpatía del hombre actual por las experiencias icarias. La sociedad contemporáneamente adopta formas de vivir donde lo liviano, lo esbelto, lo suave, lo frívolo se imponen en la moda, en la comida, en la publicidad… El autor apunta, sin embargo, que este culto a la ligereza encierra la paradoja de que la superficialidad se convierte en pesadez, fuente de adicciones, ansiedad, estrés…

 

2. ¿Qué significa prometer?

Benedicto XVI, en su discurso natalicio a la curia romana del año 2012 se preguntaba:

“¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad y con las dimensiones de su autorrealización? El hombre, ¿llega a ser él mismo permaneciendo autónomo y entrando en contacto con el otro solamente a través de relaciones que puede interrumpir en cualquier momento? Un vínculo para toda la vida ¿está en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que se sufra por él?”[1].

La promesa es un acontecimiento propio de los seres humanos. El hombre es el único animal que puede prometer. Aún más, la persona humana es esencialmente promesa. La persona es proyecto, realidad que acontece. Su carácter futurizo, le impele a prometer. La vida está orientada hacia delante; todo lo que hacemos, lo hacemos por algo. La vida es vocación, futurición. El futuro está siendo a cada momento, el ahora es conjuntamente presente y futuro. Pero antes de prometer, el hombre necesita recibir promesas.

La filósofa Hannah Arendt en su obra La condición humana afirma: “el remedio de la imposibilidad de predecir, de la caótica inseguridad del futuro, se halla en la facultad de hacer y mantener las promesas”. Si toda promesa tiene la virtualidad de elevarse sobre el tiempo, simultáneamente se forja y se cumple en el devenir temporal. La promesa, en la medida que se cumple, genera un tiempo nuevo, el tiempo propio del amor. No basta con desear la durabilidad de una promesa, sino que es preciso quererla. Para quien promete, el tiempo no es un recurso escaso, sino la materia de la que se compone la entrega. El tiempo no es un enemigo del amor, sino el aliado que nos brinda la posibilidad de que la promesa se haga realidad efectiva. En la promesa se esconde algo permanente, inmortal. En este sentido, no hay verdadera promesa de fidelidad con fecha de caducidad. En su relación con el tiempo, la promesa se distingue tanto de la expectativa como del proyecto.

La fenomenología de la promesa ha puesto de manifiesto su íntima relación con el lenguaje. Prometer constituye un uso del lenguaje muy singular. La conexión entre palabra y acción que establece un vínculo entre las personas es propio de la promesa. Entre los seres vivos, únicamente el hombre está dotado de palabra. Quien promete habla, y quien habla promete.

Hacer una promesa es “dar la palabra”. Ser fiel a la misma es “mantener la palabra”. La promesa es un acto performativo, o sea un acto que realiza lo que dice. Al decir “yo prometo”, la persona se compromete con una acción futura, se vincula y obliga ante otro. La dificultad para dar y mantener la palabra hoy es palmaria.

La relación entre la palabra y la promesa se manifiesta de modo muy relevante en el fenómeno de la profecía. El binomio palabra-acción es fundamental para la misión del profeta. Sus actividades propias son denunciar, juzgar y anunciar. Su lugar paradigmático es la ciudad. El profeta es el hombre de la palabra y de la alianza, testigo de la verdad que ilumina el camino y el sentido de la historia. Es el portador del Espíritu. Su misión es conducir al pueblo hacia Cristo como plenitud de la historia de la salvación.

El lenguaje humano es una síntesis de palabra y carne. En este sentido, la palabra se encarna verdaderamente en el profeta. De este modo, su cuerpo se hace elocuente. Habla con sus gestos, con sus sufrimientos, pero sobre todo con su testimonio supremo. La relación entre profecía y martirio encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo. “…pues todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en él” (2Cor 1, 20).

 

3. La lógica prometedora del amor

La promesa, ¿es informe? ¿tiene la forma del agua? ¿o tiene la forma que proviene de la verdad del amor? A favor de las dos primeras respuestas se inclina el entorno cultural dominante. En este contexto da la impresión de que libertad y promesa se oponen. Muchas personas no se comprometen porque no quieren perder parcelas o ámbitos de libertad. El concepto de libertad que se maneja con frecuencia hoy es la libertad forjada en los albores de la modernidad. Su núcleo se encuentra en la indiferencia respecto a lo que podemos elegir. Privada de su orientación, de su teleología, la libertad se presenta como potestad autónoma para elegir entre cosas contrarias. Con ella el actuar moral pierde su continuidad, pues cada decisión libre es un absoluto. En esta perspectiva la promesa se considera como una atadura esclavizante, un yugo insoportable, una cadena que impide la espontaneidad propia de la libertad. Esta se concibe de modo fenomenológico, como un vivir con la impresión de tener todas las posibilidades abiertas, como una continua posibilidad de acceder a nuevas oportunidades.

El sujeto emotivo se torna incapaz de prometer. Para él, sentirse libre es más importante que serlo realmente. Para la persona que se identifica de forma inmediata con el objeto que se le presenta, cualquier compromiso se hace imposible. Se verifica, de este modo, una aparente paradoja: el compromiso es un acto libre y, a la vez, se tiene la impresión de que quita y elimina la libertad. Se trata de una falacia, pues en realidad, ¿podemos realmente asegurar que la promesa amordaza la libertad? Parece claro que la esencia de la libertad humana no puede ser la revocabilidad. Al contario, la respuesta libre del hombre nace de un amor que le precede y le sale al encuentro para dirigirlo hacia un amor más grande, un amor de comunión.

El precio que los hombres tienen que pagar por la libertad es doble: por un lado, la irreversibilidad de aquello que han hecho y, por otro, la imprevisibilidad de aquello que harán. Lo reversible y lo previsible rehúsan lo definitivo y absoluto. Son, por ello, las preferencias dentro del ambiente de relativismo que configura la mentalidad dominante. Sin embargo, gracias al perdón y a la promesa, el hombre tiene la capacidad de aceptar la irreversibilidad y afrontar la imprevisibilidad. Perdonar y prometer son las acciones que nos permiten superar este doble reto. Prometer y perdonar son dos actos interpersonales complementarios. Esta circularidad entre ambos implica que la capacidad de prometer y de perdonar crecen juntas y se retroalimentan mutuamente.

El filósofo Paul Ricoeur señala, en esta misma dirección, la estrecha relación entre recordar y prometer, entre la memoria y la promesa. Al hacer efectivas estas capacidades, la memoria acentúa la mismidad (ídem) mientras que en la promesa predomina el hacerse de la persona, la ipseidad (ipse) de su identidad personal. Si el olvido es la amenaza de la memoria, la traición es el peligro de la promesa. En este sentido, poder prometer es también poder romper la palabra dada. Si el perdón transforma la memoria entristecida, inquieta, dolorida, en una memoria feliz, al desatar y desligar los nudos y las heridas de las ofensas, la promesa es capaz de atar y vincular a las personas contando con la fiabilidad del actuar humano precisamente porque se fía del mismo.

En la Revelación bíblica, el poder de atar y desatar está vinculado al don del Espíritu: “Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). Se trata del don del Espíritu que Cristo Resucitado comunica a sus discípulos haciéndolos partícipes de su misión. Se verifica así el cumplimiento de una promesa hecha por Jesús singularmente a Pedro, como cabeza del colegio apostólico: “Te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19). El Espíritu Santo es la promesa del Padre. Es quien sintoniza, armoniza, trenza y vincula con Jesús, y nos concede vivir en su tiempo pleno.

A la luz de la estrecha relación entre promesa y perdón (per-donare), se puede comprender que la lógica de la promesa es inseparable de la lógica del don. No cabe pensar por separado donación y promesa. Si la alteridad, la gratuidad y la reciprocidad son las características básicas del don, estas nos ayudan a entender que la donación da y promete simultáneamente. En efecto, en primer lugar, se promete siempre a otro y ante otro. Esta estructura básica de la promesa, “prometer algo a alguien”, conjuga estas dos dimensiones: “comprometerse ante” y “comprometerse a”. Prometer algo y prometerse a alguien no pueden, pues, separarse. La gratuidad de la promesa se manifiesta en su incondicionalidad. El amor genuino supone la aceptación incondicional del otro. Es lo que se expresa en la afirmación: “seguiré amándote pase lo que pase”.

En este sentido, como afirma Sto. Tomás de Aquino: “el que promete, al obligarse a dar, en cierto sentido da ya, puesto que la promesa es como la causa que precontiene el efecto del don que se otorgará”[2]. De este modo, así como el amor tiene siempre razón de primer don y es el motivo del don, la promesa está inseparablemente unida al amor en el corazón del cristianismo. Amar, por consiguiente, significa creer en el amor, creer en la promesa contenida en el amor.

Prometer es, por consiguiente, uno de los términos clave de la gramática del amor. Un amor sin promesa, incapaz de prometer, se torna mudo, imprevisible, no fiable. La fiabilidad de la promesa depende de la credibilidad de quien promete. Prometer significa empeñar a la vez la propia potencia de la palabra y la propia fidelidad para mantenerla y realizarla en el tiempo, proclamarse ciertos del futuro y seguros de sí (al menos desde la certeza de la humildad), y significa también suscitar en el otro la adhesión del corazón y la generosidad de la fe.

 

4. Aprender a prometer

El amor no tiene la forma del agua, sino la forma de la promesa. Sabemos que el desafío pastoral más relevante hoy respecto del matrimonio es que las personas se han dejado de casar y tener hijos. La razón de ello no es solamente el miedo al compromiso, sino que domina culturalmente una interpretación emotiva del amor que considera el tiempo como contrario al mismo. De este modo, en la medida en que el sujeto se hace más emotivo, se torna más incapaz de responder a la vocación al amor. Toda acción humana es signo de una realidad mayor que promete una plenitud intuida, que se esconde y se muestra simultáneamente.

Una última pregunta: ¿cómo aprender a prometer? Como constatamos al inicio, atravesamos una aguda crisis de la promesa. Esta creciente dificultad de las personas a comprometerse está vinculada a una forma particular de vivir la libertad y la temporalidad. Al diluirse el tiempo en el instante, la temporalidad tiende a concebirse como una simple sucesión de momentos puntuales. No es posible prometer una emoción o un sentimiento, pues toda promesa grande o pequeña, contiene el “para siempre” del amor verdadero. La experiencia humana del amor es radicalmente prometedora. La mencionada dificultad de la durabilidad y permanencia de la palabra dada torna compleja en nuestros días la comprensión de la verdad del amor y su educación.

Podemos ahora indicar algunas pistas pedagógicas para educar en la promesa. En primer lugar, conviene indicar la importancia de una pedagogía sacramental y litúrgica. En ella se descubre que hay una promesa que nos precede y nos invita a responder. Desde las promesas bautismales, se inicia para cada hombre todo un camino de promesas. En este sentido, es necesario superar la pérdida simbólica provocada por nuestra cultura digital en la que el símbolo digital no implica el cuerpo, los afectos, ni recorre el tiempo de la vida como lo hacen los símbolos sacramentales, estrechamente vinculados a la Eucaristía como cuerpo de Cristo.

En segundo lugar, es necesario resaltar la importancia del lenguaje, de la palabra, para una pedagogía de la promesa. Así como el lenguaje lo recibimos, así también la promesa la recibimos de otros. Si para aprender a hablar es menester primero ejercitarse en una paciente escucha, para poder prometer, es preciso recibir muchas promesas de las personas que nos aman. Los pedagogos saben que aprender a hablar es fundamental en el quehacer educativo. Una pedagogía narrativa ha de procurar que ya desde las más tempranas edades, el niño aprenda a recibir promesas, a hacer promesas y a cumplirlas. Se irán forjando, de este modo, personas “de palabra”, que pueden tomarse en serio lo que dicen.

Una tercera pista pedagógica se encuentra en el reconocimiento del “lenguaje del cuerpo”, bajo la forma de la promesa. El lenguaje del cuerpo requiere aprender el valor de los signos en la carne. En la experiencia corporal se esconde un destino prometedor, pues el cuerpo está llamado a la gloria a través del don de sí. Aprender a descubrir los significados del cuerpo, y muy concretamente su significado esponsalicio, resulta decisivo para poder vivir la comunión interpersonal. Conviene recordar que este significado esponsal hunde sus raíces en la filiación y es, por sí mismo, generativo.

Por último, si el centro de la tarea educativa es la promoción de la vocación al amor, la pedagogía del amor es inseparable de la pedagogía de la promesa. Aprender a amar incluye necesariamente enseñar a prometer. Un amor que no promete nada, no es verdadero ni digno de fe. Amar es, por tanto, una acción que conduce a la persona a enriquecer sus vínculos y a comprometerse siempre más con los demás. Este compromiso personal (“engagement”) permite al hombre irse involucrando con los demás en un camino de crecimiento y maduración de su vocación al amor. Aprender a prometer implica adquirir las virtudes vinculadas a la misma. Entre ellas destacan la confianza, la veracidad, la fidelidad, la gratitud, la fortaleza y la paciencia.

 

5. Conclusión

La promesa de Cristo es que nuestro cuerpo está destinado a la gloria. La resurrección de la carne es la forma acabada del amor de Dios en Cristo y lo será también para nosotros. Como afirma San Pablo en la carta los Efesios: “en él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad –el evangelio de vuestra salvación, creyendo en él, habéis sido marcados por el sello del Espíritu prometido. Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria” (Ef 1,13-14).

 

Bibliografía

Juan de Dios Larrú, La promesa, forma del amor, Didaskalos, Madrid 2023.

 

[1] https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2012/december/documents/hf_ben-xvi_spe_20121221_auguri-curia.html

[2] Sto. Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 88, a. 5 ad 2.

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Juan de Dios Larrú

Juan de Dios Larrú es un sacerdote religioso y catedrático de Moral Fundamental en la Facultad de Teología de San Dámaso (Madrid). Preside la Asociación “Persona y Familia” que se dedica a la formación de las familias en el marco de la pastoral familiar en España.

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El Veritas Amoris Project se centra en la verdad del amor como clave para comprender el misterio de Dios, de la persona humana y del mundo, proponiéndola como perspectiva que proporciona un enfoque pastoral integral y fecundo.

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