“¡Cristo ha resucitado! – ¡Verdaderamente ha resucitado!” Este saludo y respuesta son comunes en el oriente cristiano durante la Pascua. La fuerza recae en el adverbio: “¡verdaderamente!”, recogido también en la liturgia latina, a partir del evangelio según san Lucas (Lc 24,34). La insistencia en la verdad de la resurrección evita lecturas que la banalizan. No se trata, por ejemplo, de una etérea inmortalidad del alma, ya enseñada por Platón; ni vive Cristo solo porque siga vivo su proyecto, como quiso el protestantismo liberal. Entonces, ¿de qué verdad se trata? ¿Qué quiere decir que Cristo ha resucitado “verdaderamente”?
Nuestra época, tras un tiempo de alergia a la verdad, considerada causa de totalitarismos, experimenta hoy el drama de la post-verdad, que erosiona la confianza mutua e impide proyectos comunes. Se aceptan, si acaso, las verdades de las ciencias naturales, dejándose las cuestiones más hondas a la opinión, el gusto o la intuición mística. ¿Podría el “verdaderamente” de Pascua sanar esta fragmentación de la verdad, ayudándonos a recobrar visiones compartidas que toquen el fondo de lo humano?
Este “verdaderamente” se refiere, en primer lugar, a la verdad de un hecho que realmente acaeció. Hoy este es uno de los pocos usos que se admiten para la palabra “verdad”. A la vez, resulta cada vez más arduo distinguir los hechos fingidos (“fake”), o prevenirse contra quienes los tergiversan para apoyar relatos interesados. Esta maleabilidad de los hechos nos revela que los hechos desnudos, en realidad, no existen. Los hechos, en cuanto que tocan lo humano, van acompañados de una interpretación que les da sentido en el correr de la historia. Pues bien, el hecho de la resurrección de Jesús es, por excelencia, el hecho que rebosa sentido.
En efecto, si Jesús, el Hijo de Dios que entró en la historia, conduce la historia, resucitando, hasta la derecha del Padre, entonces la historia ha alcanzado su horizonte pleno. Los hechos han dejado de ser fragmentos que pueden reinterpretarse sin cesar. La resurrección los ilumina como hitos de un relato donde el amor de Dios, acogiendo la libertad humana, se muestra capaz de iniciar y culminar los tiempos. Ningún hecho posterior tiene magnitud para resignificar este hecho cumbre, sino que él ilumina los demás hechos, pasados y futuros.
El “verdaderamente” de la resurrección se refiere, en segundo lugar, a que la resurrección sucede en la carne, y no solamente en un ámbito espiritual privado. Las antiguas fórmulas de fe conjuntan “verdadero” con “carne” o “cuerpo”: el Señor ha resucitado “en su verdadera carne”. Cristo resucitó porque amó de tal modo con su cuerpo (con sus deseos y miedos, con sus tristezas y gozos), que hizo este cuerpo idóneo para colmarse del amor de Dios. La resurrección nos invita así a arraigar la verdad, no directamente en el ámbito de la mente, sino ante todo en la carne. Verdadero es lo que nos despierta del sueño en que vivimos aislados y nos proyecta en el mundo corporal común. La verdad se sitúa en el ámbito del trabajo mano a mano y del encuentro cara a cara.
Y es que, sin una verdad del cuerpo, sin un lenguaje corporal común que permita reconocer al otro como hermano, la verdad acaba siendo fantasía soñada. Pero, si hay una verdad del cuerpo, la verdad puede ser, como la definía el filósofo polaco Stanislaw Grygiel: “adecuación de la persona a la persona del otro”. La raíz de este lenguaje corporal la sitúa el Génesis en el lenguaje de la familia, basado en la “una sola carne” del hombre y de la mujer que prolongan su unidad en la carne del hijo. La resurrección confirma que ese lenguaje del cuerpo que asocia a todos los hombres ha sido sanado y potenciado para mediar el perdón y la comunión.
El “verdaderamente” de la resurrección implica, en tercer lugar, que la resurrección no incide solo sobre nuestro futuro incierto, sino que irrumpe desde ahora para transformarnos. Mientras los judíos esperaban la resurrección general al final de los tiempos, la resurrección de Jesús se adelanta al centro de la historia, para que se pueda vivir ya desde Él la existencia resucitada. La resurrección es un acto de tal energía, que se desborda desde Jesús para impulsar a los hombres hacia su meta. La Pascua no justifica, por tanto, pasividad ante el correr del mundo, sino que confiere urgencia a nuestro obrar. Pues si la vida humana tiende a lo eterno de Dios, entonces adquiere seriedad y peso cada elección humana en el tiempo. Y si nuestros vínculos maduran para anudarse para siempre en Dios (si esposo y esposa se han de reencontrar tras la muerte), es urgente elegir y cultivar con entrega esos vínculos. La verdad de la resurrección inspira y encauza nuestras obras, para que suceda en todo hombre lo que ha sucedido en Cristo. Es una verdad que se pone a prueba en la práctica de la vida cristiana: ¿podrán aquellos que no perciben a Cristo vivo, percibir en los creyentes el amor vivo de Cristo?
Si la verdad de la resurrección se muestra como verdad de los hechos, y como verdad corporal y práctica, entonces la fe pascual ilumina la crisis de verdad justo allí donde la sitúa nuestra época. La resurrección nos dice: los hechos tienen sentido; el cuerpo tiene un lenguaje; nuestro obrar tiene origen y meta. Y, entonces, la verdad de la resurrección resulta ser la raíz en que se arraiga toda otra verdad. Descartes buscó construir su sistema sobre la verdad originaria del “cogito ergo sum”: “pienso, luego existo”. El cristianismo funda toda la verdad en la experiencia compartida del encuentro con el Resucitado en su carne: “Resurrexit, ergo sumus”. “Ha resucitado, y por tanto somos”.
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