El matrimonio, única esperanza para la familia

José Granados

Conferencia pronunciada en Badín, Eslovaquia, en un encuentro promovido por la Comisión de la Conferencia episcopal eslovaca para la familia, 1 de mayo de 2023.

1. Vivimos hoy una crisis de esperanza, para la sociedad y para el cristianismo. Es una crisis de esperanza que afecta singularmente a la familia. Así lo muestra el poco deseo de los jóvenes por casarse, así como la caída de la natalidad. Son dos signos de que no esperamos mucho del matrimonio y de la familia.

¿Qué caminos se nos abren entonces? San Juan Pablo II proclamó en su encíclica Redemptor Hominis que el hombre es el camino de la Iglesia (cf. Redemptor Hominis 14). Y desde allí dedujo después, en su carta a las familias Gratissimam Sane, que el camino primero y más importante de la Iglesia es la familia, pues es en la familia donde se fragua y pone en juego lo humano (Carta a las familias, 2). Hoy, sin embargo, vemos emerger lo post-humano y lo trans-humano. ¿Sigue siendo este post-hombre o trans-hombre una vía de la Iglesia? ¿Y qué sucede entonces con la familia? ¿Hay también post y trans-familia?

Para responder nos inspira la historia bíblica de Tobías. Allí encontramos a dos personas que, en el mismo momento, aunque separadas por una gran distancia, oran a Dios. Se trata de Tobit, padre de Tobías; y de Sara, su futura esposa. Sus súplicas entran en la presencia de Dios y son escuchadas al mismo tiempo, de modo que Dios las atenderá juntas, como si fueran un único dolor y miseria. Se asocian así dos preocupaciones, precisamente por el futuro de Israel y de su templo, y por el futuro de la familia. Queda patente que no se puede salvar a la familia si no se salva a la Iglesia; ni se puede salvar a la Iglesia si no se salva a la familia.

Una imagen: Tobit y Sara

2. La primera súplica es la de Tobit, alejado de la Tierra Santa. Vive en un ambiente donde no puede dar culto a Dios. Al final del libro, Tobit profetiza incluso la destrucción del Templo (Tob 14,4), pero enseguida predice a la vez la reconstrucción de un templo nuevo y definitivo (Tob 14,5). También los cristianos en la sociedad actual pueden sentir este destierro. Por un lado, habitan en un ambiente donde no se habla de Dios y donde es difícil darle culto al modo cristiano, es decir, como alguien vivo y presente en las relaciones comunitarias, porque es un Dios que “ha habitado entre nosotros” (Jn 1,14).

Recordemos, además, cómo Tobit sufre porque no puede enterrar los cuerpos de los israelitas asesinados. En Nínive la dignidad humana es pisoteada. No es solo que no se respeta a los vivos, sino que ni siquiera se respeta al muerto, dándole sepultura. La cosa delata total insensibilidad ante el misterio inscrito en todo cuerpo humano.

¿Y no ocurre hoy algo parecido? ¿No se distingue nuestra sociedad por una forma de mirar al cuerpo que elimina su misterio? Hoy el cuerpo es, ante todo, según la expresión inglesa usada por el movimiento abortista: “my body, my choice” (“mi cuerpo es cosa mía”). Del cuerpo se destierra entonces toda relación con un misterio que supere mis elecciones y mis preferencias.

El cuerpo, en esta visión, no tiene ya que ver con el misterio del hombre, que supera al mismo hombre. Se eliminan aquellas experiencias del cuerpo, como el nacer y el morir, que se abren a una transcendencia. Esto hace difícil practicar el culto cristiano, porque el lugar donde la Iglesia está llamada a edificar su templo y a ofrecer su sacrificio es precisamente el cuerpo del hombre (cf. Rom 12,1-2). La Iglesia no necesita ningún templo de piedra, pero sí necesita el templo del cuerpo. Quien destierra el misterio del cuerpo humano, prohíbe a la Iglesia celebrar su culto.

3. Junto a la súplica de Tobit tenemos otra, en una ciudad lejana, la que realiza Sara, hija de Raguel y futura esposa de Tobías. Ya conocemos la maldición de Sara. Su matrimonio no tiene esperanza, pues un demonio mata a todos los pretendientes que quieren unirse con ella. Lo que Sara lamenta no se refiere a la ciudad, a la gran sociedad, sino más bien a la pequeña sociedad que es la familia, lugar de las micro-relaciones. Su falta de esperanza es más personal, pero no por eso menos honda, pues sin familias tampoco vive la sociedad.

¿No puede verse también aquí el modo en que nuestra sociedad mira al cuerpo y a la sexualidad? Se aprecia, sí, la sexualidad como un lugar de unión entre personas, pero siempre que no se pretenda que esta unión dure, pues el amor se identifica con un sentimiento que decae pronto. El cuerpo no puede pretender que en él se establezca una relación estable, que desafíe incluso a la muerte. No puede pretender tampoco prolongarse en la fecundidad y en la descendencia. Si hoy se multiplican los tatuajes a gusto personal, ¿no será porque se añora ese tatuaje relacional que hace de dos carnes una sola (Gén 2,24)? Sara llega a querer suicidarse, pero no lo hace, porque eso avergonzaría aún más a su padre. Y pide a Dios la muerte.

Como he señalado antes, Dios va a escuchar a la vez estas dos oraciones desesperadas, que no ven futuro. Esto significa que hay una conexión entre ambas: falta de futuro para la sociedad y la Iglesia, por un lado, como lo recoge la oración de Tobit; falta de futuro para la persona y la familia, por otro, como aparece en la oración de Sara. No se pueden consolar ambas angustias por separado, sino que tienen que abordarse juntas.

En efecto, la sociedad, sin familia, no tiene esperanza, porque es en la familia donde se recibe y se nutre la vida, donde se guardan las promesas, donde se mantiene la unidad de las generaciones a lo largo de la historia. Pero, a su vez, la familia, sin sociedad, tampoco tiene esperanza, porque la familia posee un dinamismo que la lleva más allá de sí. La familia, cuando se cerrada y aísla, se asfixia. Dios dijo: “no es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2,18). Y, al narrarnos luego el resto de la Biblia, es como si añadiese: “no es bueno que la familia esté sola”.

4. La historia de Tobit y Sara nos invita a preguntarnos: ¿qué esperanza hay para la familia, la sociedad, la Iglesia? Veremos, en primer lugar, que esta pregunta, decisiva hoy tanto para la familia como para la Iglesia, es la pregunta por la esperanza. Para ello hemos de volver la vista atrás e interpretar la historia reciente de la visión católica sobre la familia. Ampliaremos así la mirada para encontrar, en la familia, el dinamismo de la vida cristiana y la meta de toda evangelización: la caridad, la fe, la esperanza.

Comencemos por el Concilio Vaticano II. En Gaudium et Spes, 48 se afirma que el Espíritu de Cristo satura toda la vida de los esposos de fe, esperanza y caridad. En una versión anterior del texto se hablaba solo de la caridad, pero se pidió que se incluyera aquí todo el dinamismo de las virtudes teologales. La intuición fue profética. Pues ciertamente, en el Concilio la clave para entender la familia estaba en la caridad. Pero después ha sido necesario insistir en la fe y la esperanza.

Matrimonio: la clave del amor

5. El Concilio Vaticano II se esforzó en mirar al matrimonio desde el amor. La virtud central, podemos decir, era la caridad. Frente a una visión demasiado jurídica del matrimonio, que imperaba antes del Concilio, se trataba de entenderlo a la luz de la experiencia personal, tan importante para el hombre moderno. Por eso el Vaticano II afirma que el matrimonio empieza por un acto de amor, que es la entrega mutua de los esposos. Y que de este acto de amor nace una comunidad de vida y amor, que dura toda la vida. Cristo, además, ha santificado este amor, saliendo al encuentro de los esposos, para que sea imagen eficaz del amor con que Él ama a su Iglesia.

Después del Vaticano II la encíclica de san Pablo VI Humanae Vitae insiste sobre este punto. Allí se dice (n.7) que el amor esponsal es un amor total, fiel, exclusivo, integral (porque abraza cuerpo y alma) y fecundo. Nace con esto una espiritualidad matrimonial como camino de santidad. En Familiaris Consortio san Juan Pablo II hablará de la caridad conyugal, que es la caridad declinada según el modo en que viven los esposos, y que atraviesa la carne y los afectos de ellos para la entrega mutua.

Es importante darse cuenta de que esta caridad conyugal, aunque superaba una visión en exceso jurídica del matrimonio, no eliminaba la dimensión social de las nupcias. La caridad conyugal genera caridad social, pues se expande al resto de las relaciones para promover el bien común. Es algo que aparece claramente en la Carta a las Familias de san Juan Pablo II, donde la familia se describe como primera escuela de dicho bien común; y también en Caritas in Veritate, de Benedicto XVI, donde se pide que la caridad inspire, tanto las microrelaciones de familia y amigos, como las macrorelaciones de leyes, política, mercado (Caritas in Veritate, 2).

Fe y verdad del amor

6. Esta visión del matrimonio a la luz del amor ha sido aceptada después del Vaticano II sin dificultades. Pero ya en el Concilio se empezaban a ver problemas asociados a ella. Por eso se puso cuidado en definir qué es el amor, como entrega libre de persona a persona, que abraza toda la vida y que se abre al don de los hijos (cf. Gaudium et Spes, 49). Alguna pregunta quedó pendiente sobre la verdad de este amor, especialmente el modo en que se unen en él el amor y la transmisión de la vida. Será la encíclica Humanae Vitae la que aclare este punto. Ante ella surge un movimiento teológico de disenso. Todos están de acuerdo en que el amor es la clave, pero no es tan sencillo aclarar en qué consiste el amor.

Además, el Concilio Vaticano II no intuyó lo que vendría después con las distintas teorías de género. La pregunta de fondo consistía en determinar cuál es el lenguaje del cuerpo. Pues Dios no solo nos ha amado, sino que nos ha revelado en qué consiste el amor. A esta luz se hace posible describir el mapa del amor, explicar su lenguaje, especificar su arquitectura. Y el amor incluye a la persona completa: su conocer, su querer, sus afectos, su biología. A declarar el lenguaje del amor se dedicó Juan Pablo II en su Teología del cuerpo. En suma, la pregunta clave pasa a ser aquella por la verdad del amor, y aquí podemos situar la virtud de la fe, que recibe ojos para ver el misterio.

La pastoral familiar, que había desarrollado en los movimientos de espiritualidad matrimonial la importancia del amor, se ve ahora necesitada de luz. Los hombres quieren amar, aprecian el amor, pero ya no piensan que el amor tenga solidez para edificar sobre él la vida. Brota entonces la pregunta por la verdad del amor, que no es en modo alguno una pregunta abstracta. Pues preguntarse por la verdad del amor es preguntarse por la fidelidad: ¿puede el amor durar para siempre? Y es preguntarse por la palabra que dar a los hijos: ¿podemos educarles con la convicción de que merece la pena vivir una vida grande?

La pastoral familiar necesita, por tanto, luz, y no solo manos. La Iglesia está llamada a ser un hospital de campaña, ha explicado el Papa Francisco. Y es importante darse cuenta de que en ese hospital se hace frente a una epidemia. Es decir, no se trata solo de heridas individuales que cada uno sufre, sino de una enfermedad que se transmite en el ambiente común. La epidemia no se resuelve dando paracetamol o poniendo vendas. Es preciso entender el virus y buscar la vacuna. Ese virus, hoy, se llama emotivismo, y consiste en pensar que somos buenos solo porque experimentamos buenos sentimientos (Papa Francisco, Amoris Laetitia 145). La vacuna pasa por promover un amor que no sea solo emoción, sino edificación de una vida en el don de sí. Para entender la diferencia es esencial referirse, como decíamos, a la verdad del amor.

Por tanto, la pastoral de la familia tiene que ser capaz de edificar el amor. Estamos llamados a ser arquitectos, que construyan espacios donde el amor es posible. El espacio del amor, por ejemplo, se edifica sobre la diferencia hombre-mujer, y necesita que sean capaces de decir “para siempre” el uno al otro, además de abrirse a transmitir la vida. La pregunta por la verdad del amor nos anima a construir estos espacios: el espacio de cada familia y el espacio social y eclesial para que en él entren las familias. Si la familia quiere ser espacio habitable, que no amenace ruina, los cimientos que se lo permiten están en el matrimonio.

Ahora bien, esta búsqueda de la verdad del amor se hace hoy difícil por el relativismo que vivimos. Nos toca el tiempo de la post-verdad en que toda verdad parece una imposición abusiva sobre los otros. ¿Es posible orientarse, cuando cada uno opone amor a amor, incluso dentro de la misma Iglesia?

Pero mientras discutimos sobre esto está sucediendo otra cosa. La pregunta se va desplazando lentamente, de la cuestión sobre la verdad a la cuestión sobre el porvenir. Es decir, lo que se están oponiendo son formas distintas de vivir el tiempo. Se da, sobre todo, una dificultad a la hora de situarse ante el futuro, pues nos paralizan muchos miedos ante muchas crisis: crisis ecológica, crisis de salud, crisis financiera, crisis de paz… ¿Cómo salir de estas crisis? Para los promotores del post-humanismo la respuesta ya no pasa por el amor ni por el cuerpo, que han dejado de tener futuro, y hay que reinventarlos. Por eso la nueva pregunta que se suscita se refiere al destino del amor, y es la pregunta por la esperanza.

La clave hoy: esperanza y generación de amor y vida

7. La esperanza tiene que ver con el futuro del hombre, no en cuanto que el hombre mismo lo pueda producir, sino en cuanto que supera las fuerzas del hombre. Quien confía en su propia capacidad, confía, no en la esperanza, sino en el progreso. También se diferencia la esperanza del optimismo. El optimismo consiste en confiar en el propio sentimiento, y es propio de una sociedad emotivista. ¿Y la esperanza? Lo que la diferencia de la fe en el progreso y del optimismo es su conexión con el amor interpersonal. Pues quien espera confía en una relación que supera al individuo y le abre a la otra persona. Y esta relación mutua contiene una promesa capaz de dar fruto más allá de nosotros.

La propuesta de la Iglesia es que la familia como la entiende la fe cristiana es la única capaz de abrir esperanza, más allá del optimismo y del mero progreso. Hoy se usan las palabras “matrimonio” y “familia” para referirse a realidades muy variadas. ¿Cómo definir la familia cristiana, que no es solo cristiana, sino universal? Puede decirse familia natural o creatural. También familia tradicional, no porque sea antigua, sino porque solo ella permite una tradición que se sigue por generaciones. Pero podemos también decir, acertando con la clave de nuestro tiempo: es la familia generativa, pues es la única capaz de un futuro que supera a los esposos y se desborda en la sociedad. Todas las otras formas de “familia” carecen de futuro genuino. Se responde así a una gran dificultad de hoy, cuando ha entrado en crisis la confianza en el progreso y es preciso volver a la esperanza.

Una muestra de la crisis de esperanza es la crisis de la natalidad, que confirma esta dificultad para desear que la vida se propague. Para continuar viviendo, como ha mostrado Rémi Brague (Las anclas en el cielo, Encuentro: Madrid, 2021), nos bastan nuestros placeres y proyectos privados. Pero para transmitir la vida a otros, para educarles para la vida, es necesario algo más. Es necesario creer en la sobreabundancia de la vida, por lo cual merece la pena donarla y transmitirla. Esto implica que es necesaria la esperanza… ¿dónde encontrarla?

Bienes, fines, dones… y esperanzas del matrimonio

8. A lo largo de la historia, la teología ha enumerado de distintas formas las cualidades del matrimonio, para que sea verdadero y conforme al plan del Creador.

San Agustín habló de los bienes del matrimonio. Le interesaba defender que el matrimonio es bueno, pues procede de Dios. Según él estos bienes son: los hijos, la fidelidad de los esposos, y la indisolubilidad del matrimonio, que dura toda la vida y así abre a los esposos a un misterio más grande que ellos.

Luego, más tarde, santo Tomás habló de los fines del matrimonio. Tomás ve el matrimonio como una realidad viva que madura cuando obra, y se pregunta cuál es la madurez del matrimonio, cómo y hacia dónde puede florecer. La respuesta que da es doble. Lo que el matrimonio busca es procrear y educar a los hijos, por un lado; y la ayuda mutua de los esposos, por otro.

Por último, se ha hablado también de los dones del matrimonio, cuando se ha visto el matrimonio desde el amor de los esposos. La clave ahora es que en el matrimonio se nos regala algo. Se nos regala, en primer lugar, la unión misma de amor, pues cada uno de los cónyuges es un don para el otro. Y está además el regalo de los hijos, que son un don para sus padres. Esta fue la perspectiva del Concilio Vaticano II, como hemos dicho. El matrimonio auténtico es aquel que se corresponde con un amor auténtico que permite el don total y recíproco.

Pues bien, ahora propongo hablar de las esperanzas del matrimonio. Es el modo de mirar el matrimonio que más interesa al hombre en esta tercera década del siglo XXI. De este modo se verá que el matrimonio apunta más allá de sí mismo. Si santo Tomás había hablado de los fines, las esperanzas subrayan que esos fines no los pueden alcanzar los esposos por sí mismos, pues superan todo lo que ellos intentan, y son fruto de la acción de Dios.

Esperanzas del matrimonio

9. ¿Cuáles son las esperanzas del matrimonio? Nos puede ayudar seguir la oración de Tobías antes de unirse con Sara en matrimonio. Empieza bendiciendo a Dios, y sabemos que la bendición implica fecundidad y, por tanto, esperanza.

“Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo” (Tob 8,6). Podemos mirar desde la esperanza a la diferencia hombre-mujer. Es una diferencia que está tatuada en el cuerpo, y no depende solo de nuestro sentimiento íntimo. Por eso es una diferencia que nos abre más allá de nosotros, impidiendo que lo midamos todo según nuestro propio punto de vista. La diferencia hombre-mujer genera transcendencia en nuestra vida y en nuestra sociedad. Por eso es fuente de esperanza.

“Tú dijiste: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él” (Tob 8,6). Esta es la esperanza de la fidelidad. Cuando el hombre y la mujer, rechazando todo “poliamor”, dicen “solo tú”, están confesando la esperanza en la otra persona. Pues dicen: “sólo tú bastas para mediar mi camino de felicidad hacia Dios”. Es una esperanza en la persona amada porque no se la mira aisladamente, sino que se ve en ella a alguien que Dios nos ha confiado como un don precioso, a alguien que Dios ama por sí mismo y que nos dirige hacia Él.

“Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez” (Tob 8,7). Hay esperanza también en la capacidad de prometer para toda la vida. Pues para que el amor dure es preciso que se renueve, que sea siempre fresco, que no se canse. Espera en el amor quien confiesa su capacidad de renovarse y renovarnos, de no gastarse nunca, de seguir siendo agua convertida en vino.

“De ellos nació la estirpe humana” (Tob 8,6). La esperanza más evidente es la de los hijos. Aquí hay algo que supera claramente al hombre y a la mujer. El don de la vida es posible porque su unión se realiza uniéndose al misterio del Creador, de donde proceden ambos esposos. La fecundidad es el fundamento de toda esperanza, de todo futuro capaz de superar nuestros horizontes de progreso y optimismo.

“Vamos a rezar pidiendo a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos proteja” (Tob 8,4). Hay esperanza, además, en la capacidad del amor para regenerarse, para vencer al mal y al odio. Esta es la esperanza propia del perdón. El perdón es esperanzado porque sólo perdona quien confía en los recursos del amor para superar cuanto se opone al amor y para curar toda herida contra él. Es decir, perdona sólo quien confía en que el amor se ha sellado en un origen más hondo, que supera al ofensor y al ofendido.

Es importante saber que todas estas esperanzas no son esperanzas de cada cónyuge aislado, sino esperanzas juntos. Puede ayudarnos la fórmula de la esperanza, según Gabriel Marcel: “espero en Ti, para nosotros”. De hecho, la oración de Tobías termina con una esperanza común con Sara, cuando rezan juntos y concluyen: “¡Amén, amén!”, con lo que dicen “sí” a un proyecto que les supera a ambos (Tob 8,8)

Hoy la pregunta no es solo “¿por qué casarse?”, sino también: “¿qué forma de matrimonio elegir?” La Iglesia responde desde la amplitud de futuro que el amor ofrece. El futuro esperanzado se genera solo en el matrimonio como unión indisoluble entre hombre y mujer abierto a la procreación y educación de los hijos. Otras formas de unión achican el horizonte y lo esterilizan. Nos casamos por esperanza. Y nos casamos según el orden del Creador y del Redentor, porque esta es la única forma de una esperanza sólida, que no defrauda.

En Cristo se refuerzan todas estas esperanzas. Pues ahora la diferencia sexual representa la relación de Cristo con su Iglesia. Y ahora la indisolubilidad tiene tanta esperanza como la que nos ha dado la Encarnación, cuando el Hijo habita para siempre entre nosotros. Y lo mismo ocurre con el perdón matrimonial, cuya profundidad es la misma de la Cruz del Señor. En cuanto a los hijos, ahora se les genera y educa para la vida que inaugura el Resucitado.

La oración de Tobías y Sara se abre a la oración de Tobit, al final del libro (Tob 13). Allí se trata de la esperanza de la sociedad y de la Iglesia. La esperanza generada en la familia la desborda, se hace manantial de esperanza más allá de ella. A la vez, solo cuando la familia se abre hacia el bien común puede su esperanza ser genuina. Vivimos en un tiempo difícil para imaginar el futuro, que se presenta tenebroso. La historia de Tobías nos muestra que, cuando Dios quiere suscitar esperanza en su Pueblo lo hace escogiendo de nuevo a la familia, que fue la que primero oyó su mandato: “creced y multiplicaos” (Gén 1,28). La Iglesia está llamada a proponer hoy el camino de la familia porque solo desde ella puede “dar razón de su esperanza” (1Pe 3,15). Y lo propone desde las esperanzas de la familia, que he enumerado. Esto significa inaugurar itinerarios para que los tiempos de la familia puedan madurar. La clave de estos itinerarios está en el reconocimiento de los dones de Dios y en cómo responder a ellos, acogiéndolos para que den fruto abundante y maduren hasta su plenitud en el amor del Padre.

Conclusión

10. En conclusión, hemos visto los distintos enfoques en la doctrina de la familia desde el Vaticano II. Es decisivo poner el amor en el centro de la familia. Es la caridad conyugal, que nos atrae por su belleza.

Pero esta centralidad del amor nos conduce enseguida a preguntarnos por la verdad de ese amor, para poder construirlo en modo firme. Junto a la caridad surge la pregunta de la fe. Dado que hay que ofrecer ambientes al amor, ¿qué arquitectura tienen estos ambientes para que el amor dure y sostenga la vida entera? Esto se refiere a cada familia, pero también a la familia de familias que es la Iglesia, y también a los ambientes sociales que la Iglesia está llamada a desplegar, desde la familia.

En fin, de esta pregunta por la fe surge otra, que se refiere al camino del amor y a su porvenir. Es la pregunta por la esperanza. ¿Cómo hacer que el amor genere futuro, en un tiempo paralizado por sus miedos? La familia cristiana se distingue de otros modelos de familia precisamente por esto, por su capacidad de generar un porvenir fecundo. Solo la familia basada sobre el matrimonio, como unión indisoluble de un hombre y una mujer, abierto a procrear la vida, genera esperanza. A esta luz, el matrimonio es la única esperanza de la familia.

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José Granados

José Granados

José Granados è Teologo Dogmatico e cofondatore del Veritas Amoris Project. Tra il 2010 e il 2020 ha insegnato come ordinario di Teologia dogmatica del matrimonio e della famiglia al Pontificio Istituto Giovanni Paolo II per Studi su Matrimonio e Famiglia a Roma, di cui fu Vicepreside. Tra il 2004 e il 2009 è stato professore di teologia alla sezione di Washington, DC dello stesso Istituto Giovanni Paolo II. È autore di numerose pubblicazioni, tra cui "Una sola carne in un solo spirito. Teologia del matrimonio", Cantagalli 2014 e "Teologia dei sacramenti: Segni di Cristo nella carne", Cantagalli 2023.

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