Las 12 tesis

Articular la verdad del amor

Para articular una visión adecuada de la “verdad del amor”, el VERITAS AMORIS project se centra en doce tesis:

1

Para hablar de la verdad del amor, hay que establecer la primacía de Dios como Creador.

“Si conocieras el don de Dios…” (Jn 4:10): Frente a la sed de la mujer samaritana, figura del deseo del ser humano, Jesús recuerda la primacía del don de Dios. Tanto la verdad como el amor nos refieren a un origen que nos precede, cuya fuente última se encuentra en Dios Creador. Hablar de Dios como Creador significa confesarlo como alguien que, en la libertad de su amor, abre y sostiene el espacio del mundo, ordenándolo para que los seres humanos puedan habitarlo y cultivar una plenitud que va más allá de la medida humana. Aceptar al Creador significa, por lo tanto, aceptar el hecho de que en su unidad la verdad y el amor son la clave para comprenderse a sí mismo, al mundo y a la historia. Precisamente esta referencia del amor a la trascendencia abre también a la razón un camino que, partiendo de la experiencia de la verdad del amor, conduce al descubrimiento de Dios Creador.

2

Cristo Redentor revela la plenitud del verdadero amor, suscitando en nosotros una nueva pregunta que sólo Él puede responder.

“Si conocieras… quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva” (Jn 4, 10). El Redentor del hombre nos ha revelado el amor del Padre, rico en misericordia, que nos engendra como hijos suyos. También provoca en nosotros una pregunta que nos permite recibir este amor. El Espíritu Santo, agua viva dada por Jesús, convierte nuestros corazones para que Cristo sea nuestra vida. De esta manera, Cristo se convierte en nosotros en la fuente de una fraternidad que trae un nuevo significado a la historia.

3

La perspectiva de la verdad del amor es la clave para comprender quién es el ser humano como imagen de Dios en Cristo.

«Me ha dicho todo lo que he hecho», dice la Samaritana después de su encuentro con Él (Jn 4,39). El ser humano está llamado a acoger el amor original que le ofrece su Creador, un amor que a su vez exige la entrega de sí mismo a Dios, y que se manifiesta en sus relaciones con los demás. Sólo desde esta visión relacional del ser humano podemos comprender que la libertad -preocupación tan central de la época moderna- no consiste en una autonomía vacía, sino que es una realidad que brota de un don y está llamada a realizarse en un don: el don de sí mismo.

4

El ser humano descubre y expresa la verdad del amor a partir del lenguaje de su cuerpo.

El cuerpo nos dice, en efecto, que venimos de otros, testimoniando un don originario (el cuerpo «filial» como testimonio de que somos hijos e hijas, hermanos y hermanas). Además, en el cuerpo están los signos anticipatorios del don de sí que se realiza plenamente en la comunión esponsal (el cuerpo «esponsal»). En el cuerpo hay, finalmente, un dinamismo de generación, que nos invita a ir más allá de nosotros mismos (el cuerpo «paterno» o «materno»)». Por su Encarnación, Cristo vivió plenamente el lenguaje del cuerpo, revelando su fundamento original y anticipando su plenitud. Con la comunicación de su Espíritu, permite que esta plenitud madure en nosotros.

5

La diferencia sexual hace posible la unión entre el hombre y la mujer y la transmisión de la vida y, como tal, es el lugar paradigmático de la creación donde el amor realiza su verdad.

Esta verdad da origen a la familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que está abierta a acoger y educar a los hijos. La familia proporciona el trasfondo que permite al ser humano comprender en su propia carne y sangre que su identidad está en las relaciones: ha recibido su vida como hijo o hija, para entregarse como cónyuge y transmitir esta vida a los demás como padre o madre. Respetando esta gramática de las relaciones familiares, se pueden encontrar las declinaciones propias de la diferencia entre generaciones. La negación de la diferencia sexual y de su apertura a la transmisión de la vida encierra a los seres humanos en un individualismo que hace imposible la construcción de la sociedad.

6

La posibilidad de una verdad del amor parece contradecirse por el mal presente en el mundo, pero es este mismo hecho el que nos habla también de cómo el amor es capaz de redimir al ser humano del pecado y de la muerte.

Para hablar de la verdad del amor es necesario, en efecto, reconocer la fragilidad de la condición humana y, sobre todo, la presencia del pecado. El pecado, como rechazo del amor original del Creador, lleva a separar el amor de la verdad. La verdad se verá entonces como algo que se impone desde fuera, mientras que el amor, desprovisto de verdad, será una experiencia interna del individuo aislado. La verdad del amor en Cristo vence al pecado, en cuanto que esta verdad manifiesta y comunica la misericordia de Dios, que no es mera tolerancia ante el mal, sino regeneración del sujeto moral para que viva un amor verdadero y pleno.

7

Los sacramentos son el lugar que Cristo nos dejó para poder vivir la verdad del amor.

En los sacramentos, en efecto, entramos en el ámbito de relaciones inaugurado por Cristo, participando así del lenguaje del cuerpo de Cristo, para vivir como Cristo vivió y nos enseñó a vivir. Los sacramentos contienen la unidad entre una palabra verdadera que nos abre un camino y un amor que toca nuestra carne y nos transforma. De este modo, los sacramentos son los acontecimientos en los que Cristo actúa con su Espíritu de amor, acompañando toda la historia humana hacia su maduración. De este modo se superan las diversas visiones reductoras de los sacramentos, que los ven respectivamente como ritos externos sin vínculo alguno con la experiencia y el camino del ser humano, como consuelo emocional o, por último, como meros signos de reconocimiento de pertenencia a una comunidad.

8

Ver la acción humana a partir de la verdad del amor significa entenderla como respuesta a una llamada originaria que invita a alcanzar la plenitud de la vida humana.

En este horizonte, las normas morales son exigencias de la verdad sobre el bien, y las virtudes se convierten en la clave de la moralidad, en cuanto son disposiciones que, partiendo de un don de Dios, permiten una acción excelente. De este modo, se supera un planteamiento erróneo de la moral cristiana, que la presenta como basada en la polaridad entre lo subjetivo y lo objetivo, lo que conduce a la dialéctica de la conciencia y la ley, incapaz de captar el dinamismo de la acción humana hacia su plenitud.

9

Hablar de la verdad del amor en el clima emotivista actual exige una reflexión sobre los afectos.

La verdad del amor implica una verdad de los afectos en cuanto que los afectos no son sentimientos autorreferenciales. Un afecto es, en cambio, la primera reacción a un amor que nos precede y que en sí mismo ya anticipa la unión con el amado, permitiéndonos avanzar hacia esta meta. En su versión racionalista, el paradigma que opone la ley a la conciencia ignora los afectos o los considera obstáculos para la libertad. El mismo paradigma tiene también una versión emotivista, en la que los afectos son absolutizados y pierden así su referencia a la verdad. Por el contrario, desde el punto de vista de la verdad del amor, es posible reconocer que en el afecto hay una verdad inicial, que, sin embargo, aún no es completa y suficiente. De este modo, se hace evidente la importancia de la educación como ámbito en el que los vínculos personales permiten que los afectos maduren hasta convertirse en virtudes.

10

La perspectiva de la verdad del amor permite descubrir la altura de la vocación humana en Cristo (cfr. Vaticano II, Optatam totius, n. 16).

Esta vocación no depende sólo de las fuerzas del individuo aislado, sino de la llamada original del amor, que nos acompaña para que alcancemos la comunión con Dios y con el prójimo. A veces se acusa al cristianismo de indicar a los seres humanos un ideal demasiado alto para que lo alcancen. Esta acusación expresa la muerte del deseo humano, la desesperación de nuestra vocación y la negación del poder transformador de la gracia, que apunta a la divinización. Implica un neopelagianismo de la fragilidad que cuenta exclusivamente con las limitadas fuerzas del individuo y que, en última instancia, justifica sus fracasos. Sin embargo, las posibilidades reales del ser humano para realizar el bien no se encuentran únicamente en sus propias fuerzas. Al contrario, puesto que estamos constituidos en relación con Dios y con los demás, estas relaciones nos permiten en nuestras acciones ir más allá del horizonte limitado del sujeto aislado. Para la fe cristiana, nuestras posibilidades reales son las posibilidades abiertas por Cristo, Redentor de los seres humanos (cfr. Juan Pablo II, Veritatis splendor n. 103).

11

Considerar la verdad del amor ayuda a proponer una pastoral evangelizadora que tiene como objetivo la formación del sujeto cristiano.

Este tipo de pastoral parte de la conversión y apunta a la realización de nuestra vocación a la santidad. Inspirada en el diálogo de Jesús con la Samaritana, es una pastoral de la fuente y no del pozo, ya que se basa en el don original de la vocación que Dios confía al ser humano (fuente), tratando de hacerlo florecer, y no en las fuerzas aisladas del individuo, que pronto se secan (pozo). De este modo, se supera la pobreza de una pastoral que solicita emociones para consolar, pero no forma para actuar, o que se fragmenta en el intento de resolver problemas, descuidando la grandeza de la vocación cristiana.

12

La perspectiva de la verdad del amor tiene un gran potencial social. En efecto, permite comprender cómo el bien conlleva un dinamismo de comunión que va más allá de la persona individual, por lo que hay que hablar de bien común.

El bien que nos atrae es siempre también un bien común, ya que lo compartimos con los demás para construir la sociedad (cf. Benedicto XVI, Caritas in veritate n. 7). De este modo, el bien de la persona, como bien de comunión, sólo es posible si promueve también el bien de las demás personas con las que vivimos en relación. La perspectiva del bien común permite así establecer un orden de bienes que se articula según el modo en que cada bien particular es bueno precisamente cuando construye también el bien de la comunión.